Magnolias escribe la historia: Un ‘SOLD OUT’ emotivo y el sueño de Edgar Salzmann que unió a Cancún
El aire dentro del Teatro de la Ciudad de Cancún no se sentía así de denso desde hacía mucho tiempo. No era solo la anticipación por el concierto; era la palpable y conmovedora certeza de que se estaba a punto de presenciar algo más grande que la música. La noche del sábado 31 de enero de 2026, mucho antes de que subiera el telón, ya se respiraba historia. El cartel de “Localidades Agotadas” en la taquilla no era una simple nota administrativa, sino el símbolo de una ciudad abrazando por fin su propio talento. Para quienes no lograron conseguir un boleto, la esperanza de una próxima función se convirtió en un deseo colectivo. Para los afortunados dentro, comenzaba un viaje al corazón mismo de Cancún.

Desde la penumbra, emergió un destello de luz, sobre el escenario, las integrantes de Magnolias no parecían artistas, sino constelaciones. Vestidas con elegancia sublime en tonos azul metálico, brillaban con la autenticidad de quien está a punto de entregarse por completo. No hubo acordes iniciales, solo un silencio expectante que fue roto por la calma de una sola figura: Edgar González Salzmann.
Al tomar el micrófono, su voz no anunció un espectáculo, sino un agradecimiento. “Este sueño”, comenzó, dirigiendo su mirada hacia las mujeres que lo rodeaban, “nació hace mucho tiempo. Pero sin cada una de ustedes, sus horas de ensayo, su valentía y su amor, sería solo una idea. Lo que están a punto de ver es el corazón de Cancún cantando”.
Esa primera frase fue un puente directo entre el escenario y el público, estableciendo el verdadero tema de la noche: la comunión.

Un viaje corazón adentro, canción a canción
Lo que siguió no fue un repertorio, sino una ceremonia de recuerdos compartidos. El nostálgico Flans mix que abrió la velada fue una inyección inmediata de alegría pura, mientras que la profundidad de “Hasta la Raíz” y “Quién te cantará” transformó el teatro en un espacio de intimidad colectiva. En cada pausa, Salzmann volvía al micrófono, no como un director distante, sino como un guía emocional. Presentaba cada canción no solo por su título, sino por la sensación que querían evocar.
Y luego llegó uno de los momentos más íntimos y conmovedores de la noche. Con una solemnidad llena de afecto, Edgar tomó el micrófono para un reconocimiento único, dividió por bloques durante el concierto y nombró a cada una de las integrantes de Magnolias, las dividió por voces, inició con las sopranos. Con cada nombre, una sonrisa nueva iluminaba el escenario, un brillo especial en los ojos de quien se sentía vista y celebrada. Desde la butaca, surgían aplausos específicos, gritos cariñosos de “¡Esa es mi hija!” o “¡Te amo, mamá!”.
Repitió el acto con las mezzosopranos 1 y mezzosopranos 2, luego con las altos. En cada bloque, el ritual se repetía: el nombre de cada integrante resonaba en el teatro, seguido de una ovación personal que fragmentaba el aplauso general en un mosaico de afectos privados hechos públicos. Las propias artistas, ya radiantes por su presencia, brillaban aún más con la emoción del reconocimiento. Se miraban entre sí con complicidad y agradecimiento, y luego volvían su mirada a Salzmann, cuyo orgullo por cada una de ellas era tan visible como la luz que las iluminaba.
Fue más que una presentación; fue una consagración. En un teatro a reventar, Salzmann logró lo extraordinario: hacer que cada mujer se sintiera única, insustituible y profundamente parte del todo. Fue un instante que dejó una huella imborrable, grabando en la memoria de todos que la fuerza del grupo nace de la valía de cada individuo.
La sorpresa que confirmó el legado
En el intermedio, con la emoción aun latiendo fuerte, llegó la demostración de que el sueño de Magnolias era solo el principio. El debut de Chroma Voices, un proyecto hermano creado por Salzmann, tomó el escenario. Con apenas seis meses de vida, la seguridad con la que interpretaron “Esta Vida” y un potente popurrí de los 90´s fue un golpe de realidad para todos. La calidad, la pasión y el profesionalismo eran idénticos. Fue el momento en que el público entendió que no estaban ante un concierto aislado, sino ante el nacimiento de una escuela, de un movimiento cultural dirigido con una visión clara y un corazón enorme.

La despedida que fue un reencuentro
El clímax llegó con la canción “Hoy”. No fue el final, sino el inicio de la verdadera magia. Al compás de la música, las más de sesenta mujeres comenzaron a descender del escenario. Caminaron lentamente por los pasillos, mirando a los ojos, estrechando manos, recibiendo abrazos y agradeciendo al público que las ovacionaba de pie.
Esa fue la esencia. El arte salió del marco del escenario y se hizo carne, calor y lágrimas en el vestíbulo. Los comentarios eran un murmullo constante de asombro. “Fue como si cantaran solo para mí”.
La presidenta municipal, Ana Paty Peralta, y otras figuras como Verónica Lezama, presidenta honoraria del DIF estatal, fueron testigos y partícipes de esta celebración, que contó con el respaldo fundamental de la productora Coralcun, dirigida por Lupita Rodríguez Rojas y Gilberto Torres Hernández.

Anoche, Cancún no fue a ver un concierto. Fue a encontrarse consigo mismo a través de la música. Magnolias, bajo la batuta de un soñador llamado Edgar Salzmann, no solo agotó localidades; sanó, unió y elevó el espíritu de una ciudad. La ovación de pie, interminable, no era para el espectáculo. Era para la confirmación de que, en Cancún, cuando el talento se cuida con amor y disciplina, puede crear belleza que trasciende lo efímero y se convierte en un legado. La pregunta ya no es si habrá una segunda función, sino cuándo, porque una ciudad que ha escuchado su propia voz, tan poderosa y tan bella, no puede conformarse con escucharla solo una vez.









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